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"Estampitas para las que arden" por Milagros Pangaro

Mi mamá me llevó a Liniers con la excusa de comprar chipá, pero era mentira. Me dijo la verdad recién cuando doblamos por Cuzco y entramos en esa calle angosta donde todo se vende: escapularios, rosarios, inciensos vencidos, santos sin ojos y estampitas impresas en papel húmedo. —Quiero una de Imanya y otra de María Padilla —dijo, como si pidiera pan. La vendedora ni la miró. —Para vos no hay. A mi mamá se le torció un poco la cara, como si se le derritiera una parte. Me miró de reojo. —Andá vos. Probá. Capaz te las da a vos. El local olía a sudor viejo, cera derretida y vino dulce. La mujer que atendía tenía la piel brillante, como si transpirara desde adentro. Las uñas negras. La mirada clavada. Yo no hablé. Solo levanté una mano. Ella sacó una caja sin etiquetas. De adentro, como si fueran animales dormidos, extrajo dos estampitas. Una era Imanya: los ojos de vidrio, los pezones al aire, una corona torcida como de reina destituida. La otra, María Padilla, con una falda roja, los lab...

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