"Estampitas para las que arden" por Milagros Pangaro


Mi mamá me llevó a Liniers con la excusa de comprar chipá, pero era mentira.

Me dijo la verdad recién cuando doblamos por Cuzco y entramos en esa calle angosta donde todo se vende: escapularios, rosarios, inciensos vencidos, santos sin ojos y estampitas impresas en papel húmedo.


—Quiero una de Imanya y otra de María Padilla —dijo, como si pidiera pan.

La vendedora ni la miró.

—Para vos no hay.


A mi mamá se le torció un poco la cara, como si se le derritiera una parte.

Me miró de reojo.

—Andá vos. Probá. Capaz te las da a vos.


El local olía a sudor viejo, cera derretida y vino dulce.

La mujer que atendía tenía la piel brillante, como si transpirara desde adentro.

Las uñas negras. La mirada clavada.

Yo no hablé. Solo levanté una mano.


Ella sacó una caja sin etiquetas.

De adentro, como si fueran animales dormidos, extrajo dos estampitas.

Una era Imanya: los ojos de vidrio, los pezones al aire, una corona torcida como de reina destituida.

La otra, María Padilla, con una falda roja, los labios partidos y una daga en la mano.

No parecían santas.

Parecían advertencias.


Le quise pagar, pero no aceptó plata.

Me agarró la muñeca, fuerte. Me dolió.

—Ya están pagadas. Hace rato.


No dijo más.

Me fui con las estampitas en el bolsillo, ardiéndome contra el muslo.


Mi vieja me esperaba sentada en el cordón de la vereda, masticando un chicle con gusto a nada.

Le extendí las estampitas.

Ella no las tocó.


—Yo no puedo con eso. No me corresponde.


Entonces lo entendí todo y no entendí nada.

Porque eso es lo que hacen las mujeres de verdad:

te dejan la herencia en silencio y después te miran vivirla.


Esa noche me dormí con las estampitas bajo la almohada.

Soñé con sangre espesa, con bocas que me lamían la nuca, con mujeres que me decían "abrí las piernas que esta vez es para vos".

Me desperté con los dedos marcados, como si me hubieran escrito algo en la piel con fuego.


Desde entonces, nadie me toca sin que algo se rompa.

Nadie me mira sin que algo tiemble.

Las llevo conmigo, en el forro de la campera o en el corpiño, según el día.

No me protegen: me exponen.

Pero ya no me importa.


Porque ahora sé que hay cosas que no se compran,

hay mujeres que no se olvidan,

y hay estampitas que arden.



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